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jueves, 17 de julio de 2008

'El don de la ignorancia', José Corredor-Matheos

El don de la ignorancia
José Corredor-Matheos
Editorial Tusquets
1ª edición, 2004
Género: Poesía
124 páginas
ISBN: 978-84-8310-962-5

Más que de la ignorancia, de lo que trata el poemario es de la existencia y la inexistencia. Hay un juego constante del ser y no ser, de la presencia de la muerte y de las correspondencias con la naturaleza. El yo poético se integra dentro de un todo vital, donde es capaz de escuchar lo que dicen los árboles y puede respirar el mar, el mar donde se encuentra Paul Valèry, para sencillamente hacer un ejercicio de desubicación: se desubican las montañas como se desubica el mismo yo poético.

Se vacía para poder vivir con plenitud lo real y lo irreal, él mismo forma parte de ambas percepciones. Ese proceso de vaciarse es necesario para sacar los resquicios de un yo, un ego, que pueda alterar la pureza de la vida, nada nos pertenece a la vez que pertenecemos a un todo unitario. Porque el ser humano no tiene raíces, no está sujeto al mundo terrenal. No debemos sujetarnos nosotros mismos si la naturaleza no nos ha apresado del todo. No hay que esperar nada, sino vivir nuestra existencia, la pureza de nuestra existencia que radica en nuestro interior.

La desolación, la noche, el silencio recorren los versos del poemario dando esa sensación de inestabilidad en este mundo. Pero al mismo tiempo que hay desolación hay ganas de vivir, ganas de formar parte de la naturaleza. Y no hay que olvidar que en este mundo todo es lo que es y nada más: las montañas son montañas, el nombre de dios son los nombres de dios y la poesía... La poesía es sólo eso: poesía.

Ser ignorante tiene de positivo un cierto desconocimiento que resta preocupación por la existencia que nos envuelve. Y esa despreocupación hace que no nos angustiemos tanto por la existencia ni temamos la inexistencia. Es el don de la ignorancia.

En cuanto al estilo, lo cierto es que es un estilo muy sencillo, sin rarezas ni ornamentaciones. El fondo se fusiona con la forma: la poesía es lo que es y sale como sale, no hay una exaltación del yo, no hay egopoesía. Este poemario ganó el Premio Nacional de Poesía 2005 que concede el Ministerio de Cultura.

domingo, 13 de julio de 2008

'Un pez que va por el jardín', José Corredor-Matheos

Un pez que va por el jardín
José Corredor-Matheos
Tusquets Editores
Colección: Nuevos Textos Sagrados
1ª edición, 2007
Género: Poesía
124 páginas
ISBN: 978-84-8383-031-4

Siguiendo la línea de anteriores poemarios, como El don de la ignorancia, José Corredor Matheos habla del lugar que ocupa el yo poético en el mundo. Esta vez lo vemos aunado con la naturaleza: hay una correspondencia con los pájaros, los árboles, el mar, etc. El espacio y el tiempo pertenecen al yo poético a la vez que se le escapa; en ocasiones el ser va tan rápido por el jardín –como el pez que da nombre al título- que los versos no pueden seguir la estela y, sencillamente, se detienen.

Si el pájaro vive en libertad, solo pendiente de su vuelo, sin saber que ha nacido y que debe morir, por qué el ser humano debe ser consciente de tales extremos. El yo poético se muestra muchas veces en actitud pasiva ante la naturaleza, la creación se produce por el murmullo del viento o por el vuelo de los pájaros. Hay una constante necesidad de que el cielo arroje luz sobre las sombras, aunque el cielo se muestra muchas veces impasible.

La desorientación, el antitético sentimiento de pertenencia y no pertenencia a este mundo, hacen que el yo poético ande perdido, errado. Uno puede dominar su propio tiempo y espacio pero, a la vez, cae en la conciencia de que vida solo hay una: la vida magnánima de la naturaleza a la que pertenecemos todos los seres vivos. En ese caso, no somos más que una partícula de una gran esfera.

El juego de antítesis es importante en esta obra poética. No solamente por esa perspectiva de pertenencia y no pertenencia, sino también por el contraste de luz y oscuridad, de lo que vuela y lo que permanece en tierra. El título mismo suena antitético: un pez que va por el jardín. Quizá esa desorientación, quizá la muestra palpable de que un pez es un ser de agua y fuera de su hábitat se siente ahogado, perdido. El yo poético es un pez intentando aletear en un jardín. Como el jardín del Edén, que supuso la desgracia para el hombre, pero que a la vez fue el punto de partida para la procreación de nuestra especie en la Tierra.

Este poemario es de esos brutales, que deja sin aliento a cada golpe de verso. Uno tiene la sensación de que entiende la completa dimensión de la existencia cuando entiende los sentimientos de este gran poeta. La soledad, la muerte, la vida, la naturaleza… todo lo que conforman la vida a la que pertenecemos, pero sin olvidar que la vida misma nos pertenece también a nosotros.